lunes, 19 de septiembre de 2016

Marchando una de olores y sabores de infancia.



Todos tenemos olores particulares que encierran el color y el sonido de nuestra infancia y luego están esos otros de catálogo “molón” que tirando de hipocresía decimos a la peña ya que no nos creen cuando decimos que nuestra comida favorita es un bocata de sardinas con cebolla y aguacate. También va a misa que forme parte de nuestra manera de ser que hablemos de cocina a todas horas del día, igual nos da con nuestro médico de cabecera, con Rogelio mientras me pone el café en mi bar de costumbre, en la cola del cine, sentados en la plaza del Cristo o en el parking de Ikea. Nos contamos cómo nos fue con el Puchero o la tarta de manzana o intercambiamos sin reparo fórmulas y recetas de familia, o aún peor, damos pistas falsas sobre quién mató a JFK. Y aprovechamos en el día libre birra en mano tapa de tollos al frente a ver cuantos kilos de carne metemos en la parrilla el próximo finde, somos así de originales hoy en día, si esto lo escribiera sabina diría algo así "peces que no beben, cocineros que no afinan, camareros borrachos, clientes sibaritas, críticos que no critican y la vecina del quinto discutiendo con la portera del edificio de al lado sobre quien pre-calienta mejor la comida del cacharro".

En fin, me enredé y perdí el hilo como me pasa a veces quería contarles esto de olores que recuerdan a la infancia y acabé metiendo el pollo en el horno y algo así es lo que pasa hoy en día con esto de la cocina, ¡zapatero a sus zapatos!. Queridos amigos, el ver Master Chef o que hagamos una paella los domingos para los colegas en el jardín de casa no nos convierte ni en cocineros ni en críticos gastronómicos, pero si está bien que exijamos por lo que pedimos en los restaurantes, más que nada porque pagamos por ello, eso no quiere decir que vayamos por los garitos sacando al cocinero de su cueva para decirle como tiene que hacer su trabajo, por mucha tele que veamos. Lo importante es ir a probar cosas nuevas y diferentes, cosas que no hacemos en casa y si nos mola algo más de toda la vida es cerrar los ojos y ver si nos evoca ese recuerdo de infancia, ese olor que salia de la cocina de nuestra abuela o nuestra madre, el disfrutar cada bocado como si fuera el último...

Y este es mi dilema de hoy, me he puesto a pensar en que olores y recuerdos culinarios vamos a dejar a nuestros hijos, el de la comida pre-cocinada en cacharros que metemos al micro-hondas, el de la esfera de los ego chef, o aún peor, el de la hamburguesa del fast food de turno... gran dilema, personalmente intento que los mios recuerden un congrí, las croquetas de bacon y puerro, las lentejas al curry con leche de coco o los huevos rellenos, eso o llamo a mi mama y hago que se mueran de envidia con las papas rellenas y la chantilly.

Cocinen y creen recuerdos, disfruten en el restaurante elegido y no vayan de críticos, simplemente relajense y pasenlo bien, dejen esa tensión de yo le pongo... en un restaurante se come, como les dije al principio de este rollo hablen de cocina en la consulta del médico mientras esperan o en la peluquería, compartan recetas y sobre todo digan aquello de ¡ que potaje hace mi madre!

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